Adiós barrilete cósmico

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Estoy en una reunión sesuda y alguien dice “murió Maradona”, me sonrojo porque hasta hoy me parecía que esa frase no podía formar parte de un discurso sensato. Alguien más comenta que hace unos minutos sabe y no se atrevió a decirnos para no romper el clima de la reunión. Apago mi cámara y mi micrófono para sollozar en privado, chequeo rápido algunas esquinas de la web y comprendo lo que pasa. Me levanto y voy a buscar a Carime.  

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Pienso algo relacionado a cómo cada generación establece los términos de sus vínculos con ciertos hitos y es lo que me hace escribir esto. Pienso que los que hoy tenemos menos de 35, reunimos dos condiciones: haber vivido todos nuestros años en democracia y haber visto más tiempo a Diego como ex jugador que adentro de la cancha. Esto lejos de alejarnos del fenómeno, nos permite elaborar una observación que acentúa por igual los rasgos “no deportivos” de Diego y los estrictamente futbolísticos. Y entonces puedo decir que no hay “un gran jugador pero como persona no es un ejemplo”; ese eslogan simplón y careta de la Argentina bot, anestesiada.

A mí Maradona me gustaba como persona, como tipo.

Me dio la alegría del tercer gol a Grecia en el mundial ’94, viniendo a gritarlo “a la cámara”, para aparecer gigante en las 21 pulgadas del televisor que mi Colegio puso en la “sala de música” esa mañana fría de junio. Después, jugar no lo vi más. Y no soy menos maradoniano que otros. Vi pasar a muchos mientras Diego siguió inapelable. Me gustaba su desfachatez, su siempre ser el elefante de cualquier bazar, su irreverencia cargada de contenido pero en serio, en un tiempo harto de gestualidades rebeldes estériles. 

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Maradona es una clave, una contraseña que nos hace acordar que todavía persiste algo de esa Argentina que fue enorme y envidiable porque, además de esforzada, se atrevió a ser rea y atorranta, a contarle al mundo que no le cabía ninguna. Aquí se intentó un país de clase media, de fifty-fifty y eso anduvo a pesar de todo por un buen tiempo. Diego es también el efecto de ese orden, de Fiorito hasta Abu Dhabi. Hoy en día somos un enclave más de la globalización, con problemas y limitaciones que son los de cualquier otro sitio del mundo; se acabó la excepcionalidad, pero Diego era la memoria viva de una identidad que fue gloriosa y feliz. 

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A esta hora los portales web de todo el mundo están tildados, tomados por este tema, el único tema posible. De Teherán a Copenhague y de Buenos Aires a Tokio, el planeta procesa una noticia que, intuye, marca un final de época. Podríamos pensar que se termina un mundo de ídolos “totales”, transversales a edades, geografías y lenguas: hoy los ídolos están microsegmentados, algoritmizados y por eso sobreabundan. Chau 2020, pudiste ser el año de la pandemia, pero vas a ser el año de Diego, el último universal.

Hoy el astro dará su último show en las largas horas de imágenes que veremos y luego se elevará, para ser todo memoria y mito popular.

Fotos: Vivi Prado (@vivianaprado60)

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El Chasquido es la revista del Colectivo Barrial Parque Chas.

El colectivo surgió en noviembre del año 2015, en medio de la coyuntura electoral, y decidimos seguir juntos, pensando soluciones y revalorizando la política como instrumento de transformación de la vida cotidiana. Trabajamos en el barrio, atentos al otro. Intentamos dar cuenta de nuestra realidad, analizar, pensar y actuar por fuera del discurso hegemónico de los medios de comunicación. Desde nuestra conformación hicimos ciclos de cine debate, peñas, recolección de material reciclable, charlas, encuentros. Seguimos en acción, nos escuchamos, debatimos, nos redefinimos en cada encuentro. Creemos en nosotros como comunidad. La inteligencia colectiva puede más que cualquier proeza individual. Nos reunimos periódicamente en asambleas abiertas. Estamos a la vuelta de cualquier esquina del barrio.